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viernes, 6 de marzo de 2009

¿Dictablandas?

En la editorial del 17 de febrero de 2009 la Folha de São Paulo denominó al gobierno de facto brasileño de 1964 a 1985 "ditabranda" para contraponerlo a las "ditaduras" (evidentemente en alusión a las de Argentina o Chile), lo cual provocó un aluvión de críticas en bitácoras y círculos académicos, como por ejemplo en el sitio de mi amigo Maurício Santoro. Llegó a considerársele un neologismo detestable e inverídico en una carta de lectores.



Como argentino sé muy bien que no es ningún neologismo. Siempre se usa el término "dictablanda" para denotar a los gobiernos militares anteriores al Proceso. Así como tantos brasileños se preguntaron si era lícito colocar a su dictadura en un estadio inferior por motivos cuantitativos (menos exiliados o muertos en proporción a la población total si se compara con otros países de la región o el intento de recuperar progresivamente un marco democrático), aplico un razonamiento análogo. ¿Por qué llamar dictablanda, con un tono casi jocoso, a la Revolución Argentina, que también dejó saldos mortales y motivó el exilio de miles de científicos e intelectuales? ¿Será que tienen que ser tan blandas como la de José María Guido, que disolvió el Congreso e intervino todas las provincias? ¿Acaso la Revolución Libertadora se caracterizó por la blandura, aunque restauró la pena capital y la aplicó contra una plétora de detenidos, sin contar a quienes perecieron tras los bombardeos a fines del gobierno de Perón? ¿Es de dictablanda mantener relaciones con el nazismo y restaurar la educación religiosa en los establecimientos públicos después de 60 años de enseñanza laica, entre otros dudosos logros de la Revolución de 1943? ¿O es que dictablanda significa reprimir, ejecutar, torturar y destruir la continuidad constitucional tras casi 70 años de estabilidad, como en el caso de la Revolución de 1930?




Me limito a realizar una invitación. Antes de caer en comparaciones más que odiosas, ¿No resulta conveniente evitar llamar dictablanda a cualquier gobierno que haya caído en la ilegitimidad y en los excesos?


Imagen: http://www.laguia2000.com/wp-content/uploads/2008/04/jose-felix-uriburu.jpg

martes, 10 de junio de 2008

Le Parti c'est moi

Uno de los temas que más me preocupan es el del actual caos del sistema político argentino. Tal vez sea porque conocí una situación diferente en la década de 1990, en la que, a pesar de la corrupción, existían elecciones internas, partidos más sólidos que los actuales y militantes que no siempre buscaban intereses egoístas. Una marcada característica del statu quo de principios del siglo XXI me hace acordar a los tiempos en los que Francia era regida por el Rey Sol. Veremos por qué.

Luis XIV fue uno de los reyes más habilidosos del siglo XVII. Se transformó en el arquetipo del monarca absoluto, aquel cuyo poder apenas posee controles. Una frase (apócrifa) que se le atribuye es L'État c'est moi (el Estado soy yo); es decir, que él era el poder y nadie podía ponerle límites a su gobierno sobre Francia.

En Argentina, tras la crisis de 2001, los partidos políticos abandonaron sus estructuras democráticas para adquirir un cariz verticalista. Es cada vez más extraño escuchar de elecciones internas y, si las hay, no es raro que haya acusaciones de fraude. Los militantes, que dicho sea de paso son meros mercenarios, comienzan a definirse no ya como adscriptos a una corriente del pensamiento político (justicialistas, radicales, etcétera), sino como seguidores de una determinada figura(kirchneristas, macristas, lavagnistas, etcétera). Si tenemos en cuenta la falta de organicidad de las estructuras actuales, el antiguo sistema bipartidario parece haber llegado no a un pluralismo, sino a un apartidismo.

En este contexto, los dirigentes se unen a un partido, lo abandonan o fundan uno nuevo con tanta rapidez y pocos escrúpulos como si se cambiaran de ropa. Además, tratan a sus partidos como si fueran de su propiedad, olvidándose de los afiliados. Son pequeños absolutistas, sólo que su poder se circunstribe a un determinado órgano político.

Le Parti c'est moi (el Partido soy yo), parecen sostener muchos de estos líderes. Y hasta que no les digan a todos los afiliados Le Parti c'est nous (el Partido somos nosotros) la democracia argentina no alcanzará la madurez.