Esta es una de las controversias que se desata dentro del pueblo filipino. Algunos, los hispanistas, sostienen que Filipinas es, como los países americanos colonizados por España, parte de la hispanidad. Sus argumentos no son pocos. La ocupación española, que tiene como antecedente el viaje de Fernando de Magallanes (1521) y comienza en forma efectiva con la fundación del primer asentamiento en la Isla de Cebú (1565) y de Manila (1571) por Miguel López de Legazpi (enviado desde el Virreinato de Nueva España, actual México) y finaliza en el año 1898, cuando triunfa una revolución iniciada en 1896 y se proclama la Primera República de Filipinas (luego suprimida por los estadounidenses tras una feroz represión a lo largo de la década siguiente). Abarca más de tres siglos durante los cuales la mayor parte de los habitantes se convirtió al catolicismo (hoy más del 80% de la población pertenece a esta confesión); se extendió el uso del español, utilizada por las minorías cultas y por amplios sectores populares; apareció una especie de lingua franca basada en este, el chabacano; tomaron las lenguas nativas numerosos préstamos (se estima que de las 8000 raíces del Tagalog, una de las lenguas nativas más extendidas, 5000 provienen de la lengua de Cervantes) y numerosos hábitos se introdujeron desde la Península.
Sin embargo, no todos los filipinos creen pertenecer al mundo hispánico. Muchos de ellos,
si bien reconocen que España influyó en forma decisiva sobre su nación, consideran que constituyen en esencia un pueblo malayo. Su defensa también se encuentra muy bien fundada. Se basa, por un lado, en el hecho de que el español ha experimentado un fuerte retroceso desde la ocupación estadounidense en favor del inglés. Afirman que la ascendencia de los filipinos es fundamentalmente austronesia (familia étnica del Sudeste Asiático emparentada con los grupos polinesios y de Madagascar) y que, aparte de la influencia española, recibieron las de China, Estados Unidos y Japón. Aparte de esto, aseguran que la idiosincracia filipina está más cerca de la de los países del Extremo Oriente que de la de los países ibéricos.
Por supuesto que yo, como extranjero que ni siquiera conoce este país, no puedo emitir un juicio final al respecto de esta cuestión. Es un asunto en el que, a mi criterio, tienen la última palabra los filipinos. Sólo puedo dar mi visión a la distancia, sin tener la formación necesaria, pero tal vez siendo más objetivo. Por un lado, siguiendo posturas modernas, creo no es el árbol genealógico quien determina la identidad de alguna persona en especial y, extendiendo el concepto, de todo un pueblo. Lo más importante es el sentimiento de pertenencia; es decir, que esta persona o pueblo se sienta identificado con una comunidad más grande y que esta comunidad mayor lo admita como uno de sus miembros. En el caso de Filipinas, siguiendo estos postulados, se entra en una dificultad. Primero, porque no sé si la mayoría de los filipinos se sienten hispánicos (me inclino porque no, pero esa inclinación realmente vale muy poco en alguien que conoce a lo sumo 10 filipinos por internet y sabe todo de oídas) y porque, en la actualidad, Hispanoamérica (al menos el Río de la Plata) ha dado la espalda a Filipinas.
Tal vez la situación sea distinta en México, con un contacto mayor por tenido en épocas coloniales a Filipinas y los demás territorios del Pacífico Oriental (Palaos, Guam, Carolinas, Marianas) a su cargo, pero aquí se ignora todo lo relativo a este país. Si en Argentina uno sale a la calle y pregunta por mujeres que sean jefas de gobierno es muy probable que respondan "Bachelet" (Chile) o "Merkel", pero dudo que alguien conteste "Gloria Mapacagal Arroyo". Si le preguntan a alguien de aquí dónde están los Apalaches o cuál es la capital de Canadá es muy probable que responda bien, pero si le piden que ubique en un mapa de Filipinas a Luzón y a Mindanao creo que va a señalar a Negros y a Cebú. Si se visita una casa y se repara en la biblioteca, es muy probable que se vean libros de autores colombianos, chilenos, uruguayos, peruanos, mexicanos, españoles o brasileños; pero no filipinos. Hasta ahora no he encontrado Noli me tangere ni El filibusterismo, las obras más conocidas del poeta José Rizal, en ninguna parte. Supongo que la mayoría de los argentinos arriesgaría que Rizal fue un botánico francés y, de preguntar por Francisco Baragtas (escritor en Tagalog) diría "¿Cómo? ¿Qué idioma es ese?". En la colección de discos de cualquier argentino es común que haya artistas españoles, mexicanos, centroamericanos, cubanos, colombianos, uruguayos, brasileños; también proyección folclórica de cualquier país de la región; sin embargo, dudo que estén el cantante que ahora es dueño de los estadios de Manila ni mucho menos una Kuratsa (baile tradicional).
Insisto. La última palabra pertenece a la nación filipina. Sin embargo, al margen del resultado de esta controversia, me gustaría que Argentina tuviera con Filipinas (al igual que con muchos otros países del mundo, como los africanos) una relación más profunda en lo comercial, cultural y, sobre todo, espiritual. No sólo por la analogía que suponen los tres siglos de dominio español seguidos por la dominación estadounidense (con nuestro intervalo de hegemonía británica), sino porque todo intercambio entre naciones conlleva a una mayor conciencia del destino común de la humanidad.
Fuentes: http://es.wikipedia.org/
martes, 5 de febrero de 2008
martes, 8 de enero de 2008
2007
Sin dudas, el año 2007 fue muy esperado en Argentina por las elecciones presidenciales. Ya desde unos dos o tres años atrás se lo mencionaba constantemente en los medios de comunicación. Para mí fue un honor y una gran responsabilidad participar de estos comicios. Al haberse ido el último 31 de diciembre podemos llevar adelante un examen crítico de él.En primer lugar, pienso que el resultado de las presidenciales no fue sorpresivo en absoluto. Todas las estadísticas dejaban a Cristina lejos de sus opositores y nadie negaba su ventaja. Mucho menos, el de las elecciones en la Provincia de Buenos Aires. Tal vez, en Capital Federal y en algunas provincias el resultado fue menos predecible. Y, en el Gran Buenos Aires, la mayoría de los intendentes consiguieron las reelecciones (que llevan varios "re" en muchos casos, como el de Enrique García, que consiguió su re-re-re-re-reelección).Respecto a los partidos políticos, me llaman la atención cómo quedaron en un segundo plano los movimientos históricos, siempre detrás de alguna figura autónoma; la división del ARI y la ausencia de internas entre los candidatos del Frente para la Victoria. Respecto a lo primero, lo veo como la continuación del proceso iniciado en 2001, con el que el sistema bipolar tradicional fue visto con desprecio y las estructuras fueron cediendo poder en favor de personajes carismáticos. Sobre lo segundo, lo veo como un posible ciclo (¿Podríamos definirlo como hegeliano?) de formación de nuevos partidos que se esté instalando de ahora en más: el partido que nació honesto se va degradando, una figura transparente del mismo se retira de él, forma uno nuevo para rescatar la decencia y, a medida que va acercándose al poder, va corrompiéndose, por lo que un nuevo líder lo abandona y repite el período. Acerca de lo último, me resulta muy curioso que, en tantos distritos, los dos (y a veces tres y más) candidatos más destacados hayan sido tan fervorosos en su apoyo al oficialismo como en el desprecio a sus adversarios de militancia kirchnerista. Las boletas más enfrentadas entre sí diferían sólo en la categoría municipal, lo cual me resulta ilógico. El gobierno de un municipio posee menos carga ideológica que el de una provincia o un país; es decir, a lo sumo podrá discutirse una mayor regulación estatal (lo único que podría clasificarse como "izquierda" o "derecha"), pero en definitiva todos quieren mejores salud, educación, espacios públicos, transparencia, etc. mientras que, para conducir un país, se deben tomar posturas en las relaciones internacionales y en cuestiones legales conflictivas (aborto, eutanasia, uniones homosexuales, drogas); por lo que es mucho más fácil que dos partidos puedan coincidir en un programa a nivel municipal que a escala nacional. Claro que muchos dirigentes prefieren ligarse a candidatos que puedan aportarles votos para obtener mayor influencia que buscar el consenso y un país más equilibrado.No puedo dejar de felicitar a los jueces que, durante el transcurso de este año, se atrevieron a continuar con la punición de los crímenes de la década de 1970 ni a los familiares y amigos de las víctimas que no se rinden a pesar de todas las dificultades. Ojalá no se detengan los juicios contra todos aquellos que se atrevieron a privar de derechos tan elementales como la libertad o la vida. ¿Qué democracia es entonces aquella que indulta a los que osan violar sus principios fundamentales?Tal vez sea muy insistente con esta idea mía, pero estoy convencido de que este es un síntoma más del mayor retroceso de la democracia argentina en los últimos años: la pérdida de un sistema partidario sólido y su reemplazo por un mosaico de candidatos que se alían y se dividen según lo exija la coyuntura electoral. Será responsabilidad de todos los argentinos participar en la vida política (para lo cual no es condición excluyente militar dentro de partidos sino interesarse por la "Res publica", la "cosa pública") para alcanzar una democracia sin el menor signo de fraude (no nos olvidemos del caso de Córdoba y del faltante de boletas en las elecciones presidenciales) donde los dirigentes cumplan con sus compromisos con el pueblo, que los eligió dentro del marco de partidos con el objeto de alcanzar el bienestar de cada uno de los habitantes de este país, antes de caer en intereses egoístas.
Patricio Iglesias
Patricio Iglesias
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domingo, 14 de octubre de 2007
Ser Americanos
Este fue un discurso fallido para el Día de la Raza. No lo leí porque, al final, el Centro de Estudiantes no se hizo cargo del acto y no me parecía adecuado pedir a las autoridades leerlo; no por tener problemas contra ellas, sino porque ya he leído en muchas ocasiones.
Ser Americanos
El 12 de Octubre de 1492 se inició un nuevo capítulo en la historia de América. Tras ocupar el territorio durante más de diez milenios, los pueblos originarios fueron sometidos por españoles, portugueses, franceses, ingleses, holandeses, dinamarqueses y rusos, quienes no contentos con avasallar a un continente entero decidieron esclavizar a otro: África. Los europeos intentaron imponer su cultura, pero al cabo de algunos siglos las tres sociedades dieron origen a una nueva que logró liberarse, al menos en los papeles, del Viejo Mundo.
Aquí estamos nosotros. En un continente que muchas veces se olvida de quienes lo colonizaron por primera vez y dejaron su huella en los lugares más insospechados. En un continente que no logra reconocerse como tal y se intenta dividir en países y otros límites que sus padres nunca entenderían. En un continente donde las diferencias sociales y regionales son cada día más pronunciadas. En un continente donde los hermanos más poderosos dominan a los más débiles. En un continente que pide que nos comprometamos con su unidad. En un continente que se llama América.
Patricio Iglesias
Ser Americanos
El 12 de Octubre de 1492 se inició un nuevo capítulo en la historia de América. Tras ocupar el territorio durante más de diez milenios, los pueblos originarios fueron sometidos por españoles, portugueses, franceses, ingleses, holandeses, dinamarqueses y rusos, quienes no contentos con avasallar a un continente entero decidieron esclavizar a otro: África. Los europeos intentaron imponer su cultura, pero al cabo de algunos siglos las tres sociedades dieron origen a una nueva que logró liberarse, al menos en los papeles, del Viejo Mundo.
Aquí estamos nosotros. En un continente que muchas veces se olvida de quienes lo colonizaron por primera vez y dejaron su huella en los lugares más insospechados. En un continente que no logra reconocerse como tal y se intenta dividir en países y otros límites que sus padres nunca entenderían. En un continente donde las diferencias sociales y regionales son cada día más pronunciadas. En un continente donde los hermanos más poderosos dominan a los más débiles. En un continente que pide que nos comprometamos con su unidad. En un continente que se llama América.
Patricio Iglesias
Nuestros Derechos
El miércoles 3 de Octubre leí, en homenaje a los seis meses del homicidio del Prof. Carlos Fuentealba, el siguiente discurso. Mi auditorio fue de sólo unas veinte personas, el menos numeroso que tenga memoria (ya que era algo informal durante el primer recreo de la tarde), pero espero que se cumpla el refrán que dice "No importa la cantidad, sino la calidad" (tema de un artículo que pienso escribir).
Nuestros Derechos
Para el 24 de Marzo del año pasado leí un discurso en el que comparaba la situación del momento con la última dictadura militar y afirmaba que, aunque los nuevos torturados eran las víctimas del hambre, ya no se sufría una “represión atroz”. Hoy, tras pocas semanas del primer año de la desaparición de Jorge Julio López y a un día de los seis meses de la muerte de Carlos Fuentealba, no puedo repetir lo mismo. Aún no somos libres de ejercer nuestros derechos a declarar ante la Justicia y a manifestarnos por medios pacíficos. La más dura represión, la que atropella el derecho a la vida, continúa.
La responsabilidad no es sólo de policías, gobernadores o presidentes. Es muy cómodo criticar del otro lado del televisor permaneciendo sentados. Es el deber de todos los argentinos exigir el cumplimiento de los derechos propios y ajenos.
Patricio Iglesias
Nuestros Derechos
Para el 24 de Marzo del año pasado leí un discurso en el que comparaba la situación del momento con la última dictadura militar y afirmaba que, aunque los nuevos torturados eran las víctimas del hambre, ya no se sufría una “represión atroz”. Hoy, tras pocas semanas del primer año de la desaparición de Jorge Julio López y a un día de los seis meses de la muerte de Carlos Fuentealba, no puedo repetir lo mismo. Aún no somos libres de ejercer nuestros derechos a declarar ante la Justicia y a manifestarnos por medios pacíficos. La más dura represión, la que atropella el derecho a la vida, continúa.
La responsabilidad no es sólo de policías, gobernadores o presidentes. Es muy cómodo criticar del otro lado del televisor permaneciendo sentados. Es el deber de todos los argentinos exigir el cumplimiento de los derechos propios y ajenos.
Patricio Iglesias
viernes, 14 de septiembre de 2007
La Defensa de los Dictadores
Este es el discurso que leí hoy en ocasión del 16 de Septiembre en el Colegio en ocasión de la Noche de los Lápices (represión contra estudiantes secundarios que reclamaban el boleto estudiantil 31 años atrás).
Les pido, por favor, que lo lean atentamente. Lo que hago es tomar el discurso de la extrema derecha para criticarlo, comparándolo con el de un sofista griego. De ningún modo estoy a favor de estas ideas.
Espero que les interese
La Defensa de los Dictadores
El orador griego Gorgias de Leontini, quien poseía una gran habilidad para escribir discursos falaces (es decir, expuestos de una manera convincente pero falsos, erróneos) compuso La Defensa de Palamedes. En esta obra un personaje de la Ilíada, Palamedes, quien según Ulises traicionó a Grecia durante la Guerra de Troya, refuta las acusaciones con un argumento que se puede resumir así:
I) Como él y los enemigos no hablaban el mismo idioma, de haberse encontrado habrían necesitado de un traductor, lo cual es peligroso porque el intérprete conocería el acuerdo.
II) Si, de todos modos, hubiera llegado a un arreglo, habría pedido como soborno grandes riquezas. Sin embargo, habría sido imposible recibirlas porque, a la noche, había soldados custodiando y, de día, la luz lo habría delatado.
III) Si, a pesar de todo, las hubiese recibido, no las podría haber ocultado porque, ya sean familiares o enemigos, alguien las habría visto.
IV) Que incluso pudiendo haberlas ocultado no habría podido prestar ayuda a los enemigos, ya que no estaban a su cargo las puertas de las murallas.
V) Y, finalmente, que si hubiese podido ayudar, de nada le habrían servido las riquezas puesto que él, como demostraba con su vida, no era ambicioso.
Con un desarrollo similar, intentaré mostrar los argumentos poco sólidos con que aún miles de argentinos intentan defender a la última dictadura militar, tal vez la más sangrienta de América. Son cercanos a lo que sigue:
“Los militares no pueden haber cometido decenas de miles de violaciones contra los derechos humanos. Nuestros próceres amaban la libertad, y ellos son sus continuadores.
Pero bien, supongamos que ellos llevaron adelante todos los excesos de los que se habla. ¿30.000 personas? ¡Eso es más de uno de cada mil argentinos de entonces! Tamaña empresa en tan pocos años es realmente imposible.
Pero imaginemos que se logró. ¿Cómo pudo ocultarse? Casi todos habríamos tenido un amigo o familiar desaparecido, ¿Cómo no darnos cuenta?
Admitamos, de todos modos, que el número fue enorme y los crímenes pasaron desapercibidos. Pensemos en el contexto y en las supuestas víctimas. En esos años miles y miles de subversivos participaban en la guerrilla. ¿Es lógico quedarse de brazos cruzados ante esa gente que ponía bombas por todos lados? Era una guerra contra los agentes del caos y del comunismo internacional, y en la guerra todo vale.
Supongamos que se haya matado a gente que no era guerrillera. Seguro que igual algo habría hecho. No eran ningunos santos los que se metían en política en aquellos tiempos.
E imaginando incluso que se haya asesinado a gente no involucrada, seguro habría sido por error. Y ese tipo de errores, si son por la seguridad nacional y por la Patria, se justifican.”
Aún existen personas con estas ideas. En algunos medios de comunicación y en ciertos ambientes intelectuales. Son mentes que permanecen ciegas ante las evidencias históricas que certifican que 30.000 personas desaparecieron por buscar un mundo más justo que nos incluyera a todos.
Patricio Iglesias
Les pido, por favor, que lo lean atentamente. Lo que hago es tomar el discurso de la extrema derecha para criticarlo, comparándolo con el de un sofista griego. De ningún modo estoy a favor de estas ideas.
Espero que les interese
La Defensa de los Dictadores
El orador griego Gorgias de Leontini, quien poseía una gran habilidad para escribir discursos falaces (es decir, expuestos de una manera convincente pero falsos, erróneos) compuso La Defensa de Palamedes. En esta obra un personaje de la Ilíada, Palamedes, quien según Ulises traicionó a Grecia durante la Guerra de Troya, refuta las acusaciones con un argumento que se puede resumir así:
I) Como él y los enemigos no hablaban el mismo idioma, de haberse encontrado habrían necesitado de un traductor, lo cual es peligroso porque el intérprete conocería el acuerdo.
II) Si, de todos modos, hubiera llegado a un arreglo, habría pedido como soborno grandes riquezas. Sin embargo, habría sido imposible recibirlas porque, a la noche, había soldados custodiando y, de día, la luz lo habría delatado.
III) Si, a pesar de todo, las hubiese recibido, no las podría haber ocultado porque, ya sean familiares o enemigos, alguien las habría visto.
IV) Que incluso pudiendo haberlas ocultado no habría podido prestar ayuda a los enemigos, ya que no estaban a su cargo las puertas de las murallas.
V) Y, finalmente, que si hubiese podido ayudar, de nada le habrían servido las riquezas puesto que él, como demostraba con su vida, no era ambicioso.
Con un desarrollo similar, intentaré mostrar los argumentos poco sólidos con que aún miles de argentinos intentan defender a la última dictadura militar, tal vez la más sangrienta de América. Son cercanos a lo que sigue:
“Los militares no pueden haber cometido decenas de miles de violaciones contra los derechos humanos. Nuestros próceres amaban la libertad, y ellos son sus continuadores.
Pero bien, supongamos que ellos llevaron adelante todos los excesos de los que se habla. ¿30.000 personas? ¡Eso es más de uno de cada mil argentinos de entonces! Tamaña empresa en tan pocos años es realmente imposible.
Pero imaginemos que se logró. ¿Cómo pudo ocultarse? Casi todos habríamos tenido un amigo o familiar desaparecido, ¿Cómo no darnos cuenta?
Admitamos, de todos modos, que el número fue enorme y los crímenes pasaron desapercibidos. Pensemos en el contexto y en las supuestas víctimas. En esos años miles y miles de subversivos participaban en la guerrilla. ¿Es lógico quedarse de brazos cruzados ante esa gente que ponía bombas por todos lados? Era una guerra contra los agentes del caos y del comunismo internacional, y en la guerra todo vale.
Supongamos que se haya matado a gente que no era guerrillera. Seguro que igual algo habría hecho. No eran ningunos santos los que se metían en política en aquellos tiempos.
E imaginando incluso que se haya asesinado a gente no involucrada, seguro habría sido por error. Y ese tipo de errores, si son por la seguridad nacional y por la Patria, se justifican.”
Aún existen personas con estas ideas. En algunos medios de comunicación y en ciertos ambientes intelectuales. Son mentes que permanecen ciegas ante las evidencias históricas que certifican que 30.000 personas desaparecieron por buscar un mundo más justo que nos incluyera a todos.
Patricio Iglesias
jueves, 12 de julio de 2007
Decidir
Este es mi discurso para este 9 de julio. Debo reconocer que antes de escribirlo leí el de Alejandro Ferrante y el mío tiene grandes influencias del suyo. ¡Pronto se viene una crónica con la nevada en Buenos Aires!
Desde el 9 de julio de 1816 hemos sido independientes, con todo lo que la palabra significa. No es sólo que las autoridades sean nativas, o que nos relacionemos sin intermediarios con el resto del mundo, sino que también implica un acto que a veces resulta angustiante: decidir constantemente. Decidir si queremos ser un reino o una república, decidir entre ser unitarios o federales, decidir entre ser autónomos o vincularnos con Gran Bretaña, decidir entre participar en los grandes conflictos armados o permanecer neutrales, decidir entre radicales o peronistas, decidir entre aceptar regímenes autoritarios y masacres o respetar la Constitución. Decidir.
Hoy también tenemos que decidir. Decidir entre construir un país justo, que incluya a todos, donde la democracia signifique más que entrar al cuarto oscuro cada dos años o permitir que sea esclavo de los intereses de una minoría. Y a esta decisión, más que tomarla en las votaciones de Octubre, vamos a hacerla todos los días cuando veamos a una persona de bajos recursos y la asociemos a la delincuencia o meditemos sobre los errores de la gestión estatal, cuando aceptemos copias ilegales porque “total, salvo la cajita no te cambia nada” o prefiramos apoyar a los creadores y a quienes pagan impuestos, cuando nos ahorremos centavos comprando un pantalón fabricado con mano de obra semiesclava o depositemos nuestra confianza en los que pagan sueldos dignos a sus empleados, cuando a la noche encendamos el televisor sólo para divertirnos o también para aprender e informarnos, cuando tomemos las normas viales como una broma o como una seguridad para nosotros y los demás, cuando decidamos entre divertirnos todo el día o entretenernos sin dejar de cumplir nuestras obligaciones. Decidir. Siempre decidir. Si ser independientes es el mayor bien que podemos tener, es también la mayor responsabilidad.
Patricio Iglesias
Desde el 9 de julio de 1816 hemos sido independientes, con todo lo que la palabra significa. No es sólo que las autoridades sean nativas, o que nos relacionemos sin intermediarios con el resto del mundo, sino que también implica un acto que a veces resulta angustiante: decidir constantemente. Decidir si queremos ser un reino o una república, decidir entre ser unitarios o federales, decidir entre ser autónomos o vincularnos con Gran Bretaña, decidir entre participar en los grandes conflictos armados o permanecer neutrales, decidir entre radicales o peronistas, decidir entre aceptar regímenes autoritarios y masacres o respetar la Constitución. Decidir.
Hoy también tenemos que decidir. Decidir entre construir un país justo, que incluya a todos, donde la democracia signifique más que entrar al cuarto oscuro cada dos años o permitir que sea esclavo de los intereses de una minoría. Y a esta decisión, más que tomarla en las votaciones de Octubre, vamos a hacerla todos los días cuando veamos a una persona de bajos recursos y la asociemos a la delincuencia o meditemos sobre los errores de la gestión estatal, cuando aceptemos copias ilegales porque “total, salvo la cajita no te cambia nada” o prefiramos apoyar a los creadores y a quienes pagan impuestos, cuando nos ahorremos centavos comprando un pantalón fabricado con mano de obra semiesclava o depositemos nuestra confianza en los que pagan sueldos dignos a sus empleados, cuando a la noche encendamos el televisor sólo para divertirnos o también para aprender e informarnos, cuando tomemos las normas viales como una broma o como una seguridad para nosotros y los demás, cuando decidamos entre divertirnos todo el día o entretenernos sin dejar de cumplir nuestras obligaciones. Decidir. Siempre decidir. Si ser independientes es el mayor bien que podemos tener, es también la mayor responsabilidad.
Patricio Iglesias
jueves, 5 de julio de 2007
Hacia el Bicentenario
Este es el discurso que pronuncié en el Colegio para el 25 de mayo de este año:
Hacia el Bicentenario
Dentro de tres años habrá grandes festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo, aunque los tucumanos insisten con que la conmemoración debería ser por la Independencia, seis años después. No podemos olvidar las celebraciones por el Centenario, en 1910. Por ese entonces Argentina era vista, tanto por dentro como en el exterior, como un país con un gran futuro. Abandonando su condición de lejana tierra del Imperio Español y más de 60 años de conflictos internos se alió a la principal potencia del momento, Gran Bretaña. Le entregó el control de casi toda la economía y paralizó todo intento de industrialización. A cambio, consiguió exportarle sus carnes y cereales. Los grandes beneficiarios, los estancieros, fueron conformando un pequeño grupo que alternaba sus días entre los cafés porteños y los teatros de París. Se divertía tirando manteca al techo o vasijas de oro y plata al mar. Este sector mantenía el poder con el fraude y reprimía los movimientos obreros. De todos modos, los argentinos vivían horas de relativa prosperidad y millones de europeos eran atraídos por las oportunidades del País del Sur.
Hoy vemos cambios y situaciones que se repiten. Los viejos apellidos brillan por su ausencia, pero aparecieron otros no menos ambiciosos. Hay un sistema democrático, sin duda no el mejor, pero preferible al fraude. Las grandes expectativas fueron frustradas y hace unos años los nietos de aquellos inmigrantes se embarcaron hacia la tierra de sus abuelos. Tal vez por falta de memoria, o de intención de recordar, los europeos los trataron como si el puerto de Buenos Aires nunca hubiese recibido a millones de hombres hambrientos. Respecto a la represión, nada ha evolucionado. Los docentes son asesinados sólo por reclamar un salario miserable.
Con tantas dificultades, ¿Por qué festejar? ¡Porque a pesar de todo seguimos siendo argentinos!
Hacia el Bicentenario
Dentro de tres años habrá grandes festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo, aunque los tucumanos insisten con que la conmemoración debería ser por la Independencia, seis años después. No podemos olvidar las celebraciones por el Centenario, en 1910. Por ese entonces Argentina era vista, tanto por dentro como en el exterior, como un país con un gran futuro. Abandonando su condición de lejana tierra del Imperio Español y más de 60 años de conflictos internos se alió a la principal potencia del momento, Gran Bretaña. Le entregó el control de casi toda la economía y paralizó todo intento de industrialización. A cambio, consiguió exportarle sus carnes y cereales. Los grandes beneficiarios, los estancieros, fueron conformando un pequeño grupo que alternaba sus días entre los cafés porteños y los teatros de París. Se divertía tirando manteca al techo o vasijas de oro y plata al mar. Este sector mantenía el poder con el fraude y reprimía los movimientos obreros. De todos modos, los argentinos vivían horas de relativa prosperidad y millones de europeos eran atraídos por las oportunidades del País del Sur.
Hoy vemos cambios y situaciones que se repiten. Los viejos apellidos brillan por su ausencia, pero aparecieron otros no menos ambiciosos. Hay un sistema democrático, sin duda no el mejor, pero preferible al fraude. Las grandes expectativas fueron frustradas y hace unos años los nietos de aquellos inmigrantes se embarcaron hacia la tierra de sus abuelos. Tal vez por falta de memoria, o de intención de recordar, los europeos los trataron como si el puerto de Buenos Aires nunca hubiese recibido a millones de hombres hambrientos. Respecto a la represión, nada ha evolucionado. Los docentes son asesinados sólo por reclamar un salario miserable.
Con tantas dificultades, ¿Por qué festejar? ¡Porque a pesar de todo seguimos siendo argentinos!
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