domingo, 12 de diciembre de 2010

Una cuestión de ayudas

Es muy común oír, entre la clase media, una continua protesta contra los programas mediante los que “les regalan las casas a los villeros”, instando a los habitantes de los barrios marginados a “trabajar” y “ganarse las cosas, como nuestros abuelos, que trabajando de sol a sol pudieron comprar una casa”. ¿Será cierto que sólo fue cuestión de trabajo y dedicación? ¿No hubo nada más? ¿Ninguna ayuda?

Es innegable el esfuerzo de los inmigrantes que supieron dar forma al país. En especial los que llegaron en los primeros años del siglo XX, cuando existía una escasa legislación laboral, sufrieron jornadas excesivas, sin ninguno de los derechos que hoy enuncia el artículo 14 bis de la Constitución. Progresaron, tanto ellos como sus hijos, pero... ¿Por qué? ¿Sólo porque eran trabajaban de sol a sol?

El contexto económico hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX era muy diferente del actual. El desempleo era prácticamente nulo, la economía crecía con escasas interrupciones y, a partir de la década de 1940, con el Banco Hipotecario, se entregaron créditos para financiar la “primera casa” a cuotas fijas en pesos en una época de inflación muy por encima del 10% anual. Estos créditos, que por cierto no fueron extendidos a toda la población sino a los trabajadores que poseían cierta estabilidad laboral (léase, las familias de menores ingresos no accedían a ellos), como los empleados públicos, se transformaron en una “dádiva encubierta”: si bien al principio las cuotas podían ser altas, alguien que en 1960 debía abonar el equivalente a, digamos, 100 dólares, en 1965 pagaba u$s 38,56, en 1970 u$s 23,71, en 1975 u$s 3,67 y, por último, en 1980, apenas cinco centavos verdes.

Obviamente, mucho se le puede discutir a este análisis, meramente ilustrativo; por ejemplo, entre 1960 y 1965 hubo una devaluación muy fuerte, en tiempos de Alsogaray, que no implicó subas equivalentes de los salarios. Sin embargo, no puede dejar de admitirse que el peso de las hipotecas en los presupuestos familiares se volvía insignificante en pocos años. En definitiva, el Estado terminó otorgando a gran parte de la clase media viviendas de alta calidad e interesante localización por una fracción mínima del valor que debiera haber abonado en ese momento. Digo de ese momento, porque hoy esas casas suelen encontrarse muy por encima de los u$s 100.000 o u$s 200.000.

Luego del Proceso y de la década de 1990, la situación pasó a ser otra. Casi un siglo de conquistas laborales fue tirado por la borda, el desempleo trepó por encima del 10%, el trabajo registrado pasó a escasear y el acceso a una vivienda digna, con un Banco Hipotecario privatizado y créditos en dólares, dejó de ser tan simple como poco tiempo atrás. Si bien es cierto que en los últimos años hubo importantes mejoras en la situación laboral, aunque contrarrestadas por el ascenso espectacular de los bienes raíces, no puede negarse que hoy las posibilidades de acceso a una casa propia de aquel que, incluso, cuente con títulos de postgrado, es mucho más difícil que la del inmigrante analfabeto de 50 años atrás.

No se trata de agredir a la clase media, que tanto definió a la idiosincracia argentina y que cuenta con numerosos miembros preocupados por la situación de los demás. Mucho menos de justificar formas de asistencialismo que impiden el crecimiento educativo y laboral de los sectores excluídos y les cortan las alas del desarrollo personal. Simplemente, de mostrar que son quienes ayer recibieron una gran ayuda los que hoy se niegan a ayudar a los demás.

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